Los conceptos son limitaciones. La herramienta fundamental de la razón y de la cultura es el lenguaje. Gracias a él nos relacionamos, aprendemos y construimos nuestra sociedad. Pero a través del lenguaje no podemos representar la realidad tal y como es, necesitamos ponerle fronteras, hacer particiones y extraer de la pluralidad lo que pensamos que es la unidad, la esencia de las cosas. Creamos conceptos. Estos conceptos se expresan a través de palabras y, a menudo, un mismo concepto puede expresarse mediante múltiples palabras. Distintos significantes para un mismo significado. Cada una de estas palabras va adquiriendo ciertos significados connotativos. De esta forma, en cada uno de estos pasos, nos vamos alejando cada vez más de la realidad que queremos representar, del referente. Nietzsche, al afirmar que la vida no es accesible a la comprensión intelectual, sino mediante los sentidos y la intuición, que penetra en la esencia de las cosas, defiende que
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Sería un error intentar limitar un fenómeno tan libre y dispar como es el fenómeno artístico encerrándolo en un solo concepto.
A continuación pasamos, sin embargo, a tratar de analizar algunas de las características y rasgos atribuibles a la actividad artística, en sus múltiples manifestaciones.
El arte es, entre otras cosas, lo que hace que el hombre sea hombre. Es la capacidad de trascender la realidad. Es una forma de relacionarse con el mundo. Está estrechamente relacionado con la percepción y la representación de la realidad y de la propia vida. El arte no es la expresión de lo sublime, sino la afirmación de la vida, de la propia naturaleza humana.
Este sentido de lo trascendente se ha visto a lo largo de la historia eclipsado por la religión y el misticismo. El arte no debe buscar una trascendencia de naturaleza distinta y superior a la vida, el arte es lo que hace trascendente a la propia vida. La diferencia entre el arte y la religión o el mito, es que el arte es una forma individual (aunque, como cualquier otra faceta de la vida humana esté influida necesariamente por el contexto sociocultural) de trascender lo inmediato, de percibir y dar significado a las percepciones. La religión y el mito establecen unos criterios como determinado y comunes y los dogmatizan creando alrededor de ellos toda una serie de parafernalia innecesaria.
El arte podría compararse con la lógica. La lógica es un rasgo inherente a nuestra forma de razonamiento. Ante la multitud de acontecimientos caóticos que percibimos, nuestra mente los ordena, los clasifica según el espacio y el tiempo, y la causa y el efecto. La lógica es parte de nuestra percepción, de la forma en la que representamos y concebimos la realidad y, por lo tanto, está presente en cualquier campo de la vida humana. Sin embargo, la hemos aislado, la hemos sacado de la realidad para estudiarla en profundidad.
De igual forma, la sensibilidad, o la capacidad artística es algo inherente a la mente humana. Cualquier persona, sin necesidad de conocer los principios de la lógica, es capaz de entender una afirmación del tipo si A entonces B, esto se debe a que ésta es la forma en la que se comporta nuestro razonamiento, de forma natural. Lo mismo sucede con el arte. Aunque lo hayamos separado de la vida cotidiana y estudiado y practicado de forma aislada, su raíz y su fundamento es un rasgo común de nuestra psique. El arte es una actividad transversal que está presente, en mayor o menor medida, en toda la experiencia vital del ser humano.
El arte es una experiencia, y tiene sentido en la medida en que se experimenta. Esta experiencia la podríamos clasificar en dos momentos. El primero sería el momento en el que el emisor (no lo llamaremos artista) concibe y crea la obra. El segundo, cuando el receptor la percibe y la experimenta. Esto no significa que el arte sea un lenguaje, ya que en este caso la presencia del receptor es prescindible. El segundo momento es necesariamente posterior en el tiempo al primero y, por lo tanto, es imposible que pueda ser condición sine qua non del anterior.
Una vez hemos planteado esta serie de afirmaciones, podemos, sin duda, establecer que el arte no es una actividad restringida a un grupo de personas, a las que, por uno u otro motivo hemos denominado artistas. Hay personas que se dedican al arte, y viven de ello, y personas que no. De igual forma que hay personas que se dedican a la matemática, y eso no significa que el resto dejemos de usarla en nuestra vida diaria.
Ahora bien, un tema es el arte, y otro muy distinto es el mundo del arte o, más bien, mercado del arte. En mi opinión se confunden demasiado a menudo. El mercado es mercado, es oferta y demanda. El precio no denota el valor. La obra se compra y se vende, se revaloriza, su precio fluctúa, aunque ésta siga siendo la misma. El arte es una inversión, a mi juicio bastante segura (cuando hablamos del mundo del arte a gran escala), ya que el simple hecho de que una gran institución, galería o coleccionista invierta en una obra, hace que ésta se revalorice automáticamente. Hasta el siglo pasado, este mercado era bastante estable, no muy distinto de cualquier otro campo. Había artistas, que confeccionaban obras, que podían medirse en base a unos criterios más o menos establecidos y aceptados. Pero aparecieron varios factores que hicieron que estos principios de tambalearan.
A mediados del siglo pasado, aparecen nuevas formas de expresión artística como la performance o el land art. La obra ya no era un objeto valioso y duradero que poder tasar. Los artistas intentaron acabar con el sistema, o al menos, ponerlo en duda. La obra podía ser una acción, que se llevara a cabo en un momento determinado, sin posibilidad de perdurar en el tiempo y, por lo tanto, de ser adquirida, o bien un objeto cualquiera, sacado de la naturaleza, efímero, como una escultura hecha con nieve, o un camino trazado en la hierba. Otros artistas empiezan a romper las barreras entre el arte y la realidad, entre arte y vida cotidiana. Desde que Duchamp pusiera el orinal en la peana, son numerosos os artistas que han incorporado la realidad a su obra, o han convertido la realidad en obra, o la obra en realidad. De esta forma se ha desmitificado el valor del arte, el valor como objeto de consumo, a la vez que se revaloriza el arte como experiencia y nada más.
Por otro lado ya no existen unos criterios comunes en base a los cuales valorar las obras. La belleza se relativiza, se rechaza o simplemente se ignora. La técnica pasa a un segundo o tercer plano, en algunos casos, en otros no. El significado es ambiguo. Todo tiene cabida una vez nos abandonamos a la posmodernidad. La diferencia que marca la posmodernidad es que ahora somos conscientes de que la verdad es relativa. Antes se había tenido la religión como dogma, después la ciencia, ahora el dogma es el convenio social. La verdad siempre había sido relativa, (la religión o la ciencia se impusieron como verdades absolutas por convención social) la diferencia es que ahora somos conscientes de ello, y eso desconcierta. El arte, que actúa como avanzadilla intelectual ya que no tiene ningún tipo de responsabilidad social o política, ha llevado este idea a sus máximas consecuencias.
Además, el arte se va convirtiendo cada vez más en una actividad reservada a una élite. La educación artística se queda anclada en una tradición estética convencional, mientras que la evolución en el mundo del arte contemporáneo se lleva a cabo a pasos agigantados. Se abre así una profunda brecha entre el mundo del arte y la sociedad.
Si recapitulamos podemos ver que durante la segunda mitad del siglo pasado estuvieron a punto de desaparecer tanto la obra, como los criteros o los cánones, como el público. Sin embargo, como se ha dicho al principio de este epígrafe, el arte es una inversión, y está estrechamente relacionado con el poder y el mercado. El arte además de producir beneficios económicos, es un criterio de excelencia, de prestigio. De esta forma, aunque se hayan cuestionado los principios del mundo y del mercado artístico, éste se mantiene. Las performance se graban en vídeo, las obras de land art se fotografían, se venden las ideas, los derechos de imagen y de autor, y con eso se mantiene vivo el comercio. Se mantiene alejado del público y el “todo vale” pasa a ser “todo lo que la institución diga o todo aquello en lo que se invierta, vale”.
Y en esta coyuntura nos encontramos atascados desde hace aproximadamente medio siglo. Esto puede parecer una visión un tanto pesimista o crítica del mundo del arte, pero, como se ha dicho ya antes, una cosa es el arte, y otra, para qué se utiliza. Y vuelvo a hacer referencia a la analogía entre arte y lógica. Aunque la lógica desapareciera de las universidades, y dejara de considerarse materia de estudio, seguiríamos percibiendo el mundo espaciotemporalmente, y ordenando nuestros pensamientos en base a causas y efectos. De igual forma, aunque el mundo del arte se ponga en cuestión, la actividad artística seguirá formando parte de nuestra condición humana.