Después de 36 años separada de su familia, internada en centros para discapacitados mentales (en los que ni siquiera habían diagnosticado que era sordomuda, por lo que no aprendió le lenguaje de signos, ni a leer y escribir), en 1986, su hermana gemela Joyce consiguió su custodia y volvieron a reencontrarse. Desde entonces acude a
Creative Growth, un centro artístico para personas con discapacidades mentales. Allí estuvo varios años haciendo garabatos de forma compulsiva hasta que en 1987 una de las artistas que colabora con el centro le ofreció unas madejas y unos palos de madera. A partir de entonces Judith empezó a tejer su propio mundo de objetos, y a crear su propio lenguaje creativo, encontrado así una forma de expresarse y de exteriorizar sus impulsos.
Igual que Judith, muchos otros artistas del centro han encontrado en el arte una forma de relacionarse con su entorno y una actividad para su propio desarrollo.
Normalmente se suele designar a esos artistas como artistas outsiders, entendiendo que no están influenciados por el mundo o el mercado del arte (aún cuando la obra de Judith la podemos encontrar en colecciones como la del Museo de Arte Moderno de San Francisco, la Collección L’Art Brut, en Suiza… y en 2006 fue expuesta en una colectiva en la Gladstone Gallery, Nueva York).
Las diferencias entre el arte outsider y el arte convencional son un tanto ambiguas. Se entiende por
artista outsider “aquel que desarrolla su labor creativa sin contacto alguno con las instituciones artísticas establecidas, respondiendo a una fuerte motivación intrínseca y haciendo uso frecuentemente de materiales y técnicas inéditos”. Dado el momento de mestizaje, posibilidades y “todo vale” artístico en el que nos encontramos, esta definición empieza a carecer de sentido. Sin duda cualquiera de estas obras podría pasar desapercibida en cualquier galería o museo de arte contemporáneo, sin que hubiera ningún indicio de ese supuesto carácter “outsider”. Además si entendemos el arte como una manifestación cultural, estará siempre, en mayor o menor medida, influenciada por nuestro entorno, como cualquier otra actividad humana.
Tal vez estos artistas no tengan conciencia de que estén creando arte (o tal vez sí), pero esto no hace que deje de serlo; por el contrario, lo hace más real. El hecho de que su proceso creativo no tenga un fin artístico, sino que sea un fin en sí mismo, una forma de volcar sus inquietudes, de relacionarse con el exterior e interactuar con el mundo, lo hace, desde mi punto de vista, más valioso en sí mismo que las propias obras. El arte como experiencia. De hecho me pregunto hasta qué punto es positivo o negativo considerar estos objetos o experiencias como artísticos. Tal vez sea frivolizarlos, incluirlos en un mundo de especulación, de firmas (en el documental podemos ver como los “curadores” o comisarios de arte acuden al centro para ver y seleccionar las obras y los artistas que quieren exponer y muestran un especial interés en que firmen sus obras), de marcas, de personajes…el propio “artista” que sale al final del video en una exposición del Creative Growth se ve abrumado por la contundencia y la sinceridad radical que albergan las obras allí expuestas.
Enlaces:
Entrevista a Lola Barrera.
Debajo del sombrero. Centro de arte y desarrollo de procesos creativos.
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